El sarampión es una de las enfermedades infecciosas más contagiosas, y persiste como una de las principales causas de muerte, especialmente entre los niños pequeños, sobre todo en zonas con bajas tasas de vacunación.
El sarampión puede confundirse fácilmente con el sarampión alemán, también llamado rubéola; pero, aunque los nombres se parecen, son enfermedades provocadas por virus muy diferentes.
El sarampión está causado por el virus del sarampión, y no es broma, la especie se conoce como el "virus del sarampión", del género Morbillivirus y de la familia Paramyxoviridae.
La razón por la que este tipo es tan contagioso es que se transmite por vía aérea, y se propaga a través de diminutas partículas líquidas que se expulsan al aire cuando alguien estornuda o tose; los virus pueden vivir hasta dos horas en ese espacio aéreo o en superficies cercanas.
Si alguien respira ese aire o entra en contacto con una superficie y luego se toca los ojos o la boca, puede infectarse.
El sarampión es tan contagioso que si alguien lo tiene, el 90% de las personas cercanas no inmunes también se infectarán.
Una vez que el virus del sarampión llega a la mucosa de una persona desprevenida, comienza a infectar rápidamente las células epiteliales de la tráquea o los bronquios.
El virus del sarampión utiliza una proteína en su superficie llamada hemaglutinina, o simplemente proteína H, para unirse a un receptor diana en la célula hospedadora, que podría ser: el CD46, expresado en todas las células humanas nucleadas; el CD150, también conocido como molécula de activación linfocitaria de señalización, o el SLAM, que se encuentra en células inmunitarias como los linfocitos B o T, y en las células presentadoras de antígenos, o la nectina-4, una molécula de adhesión celular.
Una vez unida, la proteína de fusión o F ayuda al virus a fusionarse con la membrana y, en última instancia, a entrar en la célul Este virus es de ARN monocatenario, y también de sentido negativo, lo que significa que primero tiene que ser transcrito por la ARN polimerasa en una cadena de ARNm de sentido positivo.
Una vez hecho, está listo para ser traducido en proteínas víricas, rodeado por la envoltura lipídica de la célula y enviado fuera de la célula como un virus recién formado.
En apenas unos días, el virus del sarampión se propaga por el tejido local y es captado por las células dendríticas y los macrófagos alveolares, y transportado desde ese tejido local en los pulmones hasta los ganglios linfáticos locales.
A partir de ahí, continúa extendiéndose, para llegar finalmente a la sangre y a más tejido pulmonar, así como a otros órganos como el intestino y el cerebro.
Desde que el virus entra en el organismo hasta el comienzo de los síntomas suelen transcurrir entre 10 y 14 días, el llamado periodo de incubación.
Una vez que comienzan los síntomas, se entra en el periodo prodrómico, que suele durar unos 3 días, y que empieza con fiebre alta, además de tos, conjuntivitis (inflamación y enrojecimiento de la esclerótica) y coriza (inflamación de la membrana mucosa de la nariz, básicamente un taponamiento nasal).
Al cabo de 1-2 días aparece el enantema, una erupción en las membranas mucosas que se asemeja a granos de sal sobre un fondo húmedo.
Estas entidades se denominan manchas de Koplik y son pequeñas decoloraciones blancas que suelen verse en la parte interior de las mejillas, frente a los molares.
Después de estos síntomas prodrómicos iniciales aparece la fase de exantema, en la que se produce un exantema maculopapular rojo y parcheado que se extiende en una progresión cefalocaudal.
En otras palabras, el exantema comienza en la cabeza (cefalo) y se extiende a las extremidades del cuerpo (caudal). Esta erupción desaparece al cabo de unos 4 días y da paso a la fase de recuperación, que puede durar entre 10 y 14 días más y cuyo último síntoma suele ser una tos persistente.
En general, las personas infectadas son más contagiosas a partir del último día del periodo de incubación y durante la fase prodrómica y exantemática, lo que equivale aproximadamente a 4 días antes y 4 días después de la aparición del exantema.
La buena noticia es que, cuando todo ha terminado y el paciente se ha recuperado del sarampión, tiene inmunidad de por vi a.
Dado que el sarampión afecta a varios órganos como los pulmones, el intestino y el cerebro, puede provocar complicaciones como neumonía, diarrea y, en raras ocasiones, encefalitis, todo lo cual puede tener un desenlace mortal.
Además, el sarampión puede suprimir el sistema inmunitario durante hasta 6 semanas, lo que contribuye a la aparición de sobreinfecciones bacterianas como la otitis media y la neumonía bacteriana.
Estas complicaciones son más graves entre los bebés pequeños, que suelen tener las tasas más altas de mortalidad durante un brote de arampión.
Otra complicación grave y a menudo mortal para los niños menores de 2 años es el desarrollo de una panencefalitis esclerosante subaguda, que puede producirse entre 7 y 10 años después.
Se cree que la causa de esta dolencia es una infección persistente por el virus del sarampión, posiblemente debida a una respuesta inmunitaria anómala o a una cepa mutada del virus, que provoca una inflamación crónica de todo el cerebro.
Los síntomas del la panencefalitis esclerosante subaguda son inicialmente bastante sutiles, como cambios de humor, pero con el tiempo se vuelven graves y muy llamativos; pueden incluir crisis convulsivas, coma y, si no se trata, la muerte.
En personas inmunodeprimidas (por ejemplo, con VIH-SIDA), sus respuestas inmunitarias están deterioradas, por lo que si contraen el sarampión es posible que no desarrollen algunos de los síntomas que son consecuencia de la respuesta al virus del sistema inmunitario, como el enantema (o las manchas de Koplik) o el exantema (la erupción).
Sin embargo, estas personas también tienen tasas más altas de neumonía y encefalitis que contribuyen a una mayor mortalidad.
El diagnóstico del sarampión suele realizarse mediante serología, buscando anticuerpos contra el sarampión en el suero sanguíneo, y la enfermedad suele ser más probable entre personas no vacunadas.
Dicho esto, la vacuna contra el sarampión es una inmunización viva atenuada, lo que significa esencialmente que ha sido debilitada, y se administra entre los 12 y 15 meses de edad y de nuevo entre los 4 y 6 años de edad; tiene una tasa de eficacia vacunal muy elevada, del 95%, es decir, de cada cien casos de sarampión entre personas no vacunadas 95 se habrían evitado con la vacuna.
Además de la vacuna, otra fuente de protección para los bebés pequeños es la inmunoglobulina antisarampionosa de su madre, que el feto recibe por vía transplacentaria y que dura hasta los 9 meses de edad aproximadamente.
Cuando se desarrolla el sarampión, no existe un tratamiento antivírico específico, sino que los medicamentos suelen ir dirigidos a tratar las sobreinfecciones, mantener una buena hidratación con líquidos adecuados y aliviar el dolor.
A algunos grupos también se les administra vitamina A, como a los niños pequeños y a los gravemente desnutridos, ya que actúa como un inmunomodulador que aumenta las respuestas de los anticuerpos al sarampión y disminuye el riesgo de complicaciones graves.
Para terminar, en caso de brote, se puede administrar la vacuna contra el sarampión a los contactos domésticos e inmunoglobulina contra el sarampión a las mujeres gestantes y a los bebés pequeños para ayudar a evitar que enfermen.
##Resumen El sarampión es un patógeno que se transmite por el aire, es muy contagioso y causa tos, conjuntivitis y catarro, así como complicaciones como neumonía y encefalitis; puede prevenirse mediante la vacunación.
an airborne pathogen that’s highly contagious,