Insomnio
La palabra insomnio procede del latín, donde el prefijo "in" significa "sin" y "somnia" se refiere a "sueño". En otras palabras, el insomnio es un trastorno del sueño caracterizado por la dificultad para conciliar el sueño, permanecer dormido o despertarse demasiado pronto y no poder volver a dormirse.
Por lo tanto, el insomnio no es sólo una mala noche aquí o allá. Es cuando esta alteración del sueño se mantiene y afecta a tu día a día.
Cada noche, tras largas horas de preparación de exámenes, te duermes para disfrutar de un merecido descanso. Pero, para que eso ocurra, tiene que haber un delicado equilibrio entre dos sistemas del cerebro.
En primer lugar, tenemos los centros promotores del sueño situados en el núcleo preóptico ventrolateral y el área preóptica media.
Estas regiones liberan sustancias que favorecen el sueño, como el GABA, la serotonina, la adenosina, la melatonina y la prostaglandina D2.
Por otro lado, tenemos los centros que promueven el despertar, también conocidos como centros de excitación. Entre ellos se encuentran el sistema activador reticular, el núcleo tuberomamario, el rafe dorsal y el locus coeruleus.
Estas regiones liberan sustancias estimulantes, como catecolaminas, orexina e histamina. A medida que empieza a dormirse, los centros que favorecen el sueño envían señales inhibitorias a los centros de excitación, calmando gradualmente la actividad cerebral y facilitando la conciliación del sueño.
Tras un buen descanso, el proceso se invierte. Los centros de excitación se reactivan lentamente y empiezan a enviar señales inhibitorias a los centros del sueño, ayudándole a despertarse y a mantenerse alerta durante el día.
Este sistema de empuje y tracción es la base del ciclo sueño-vigilia, y se puede considerar como un interruptor de la luz.
Cuando está encendido, los centros de excitación están activos, manteniéndote despierto. Cuando está apagado, los centros que favorecen el sueño toman el control, permitiéndole conciliar el sueño.
Ahora bien, la actividad de los centros del sueño y la excitación está controlada por dos procesos clave. En primer lugar, está el impulso del sueño dependiente de la vigilia, impulsado principalmente por la adenosina.
Mientras permanecemos despiertos, la adenosina se acumula gradualmente en el cerebro. Una vez que se acumula suficiente adenosina en el exterior de las neuronas, se activan los centros promotores del sueño, que a su vez envían señales inhibitorias a los centros de excitación.
Esto ayuda a suprimir los centros de excitación, lo que permite al cerebro ralentizarse y realizar la transición al sueño.
El segundo proceso es el ritmo circadiano, que es nuestro reloj biológico interno controlado por el núcleo supraquiasmático del hipotálamo.
El ritmo circadiano ayuda a regular el sueño y la vigilia, así como la secreción hormonal, la temperatura corporal y otros procesos fisiológicos a lo largo de un ciclo de 24 horas.
El ritmo circadiano puede verse influido por diversos factores, como la exposición a la luz, los niveles de melatonina y los factores sociales.
En el insomnio, los centros que promueven la vigilia están trabajando horas extras, mientras que los centros del sueño no están haciendo lo suficiente para calmar el cerebro, dejándolo atrapado en un estado de hiperactivación.
Esta hiperactivación puede manifestarse de varias formas: cognitivamente, con pensamientos acelerados; emocionalmente, como sentimientos de ansiedad; y físicamente, a través de síntomas como un ritmo cardiaco elevado, tensión muscular y sudoración.
Como resultado, resulta difícil conciliar el sueño, permanecer dormido o volver a dormirse después de despertarse demasiado pronto.
Puedes pensar en el insomnio como si fuera un interruptor de la luz que se queda en la posición de "encendido" o que parpadea entre "encendido" y "apagado" durante toda la noche.
Para empeorar las cosas, el ritmo circadiano se desincroniza, alterando el ritmo natural de sueño-vigilia. En función del momento en que se produce la alteración del sueño, el insomnio suele dividirse en tres tipos.
El insomnio de inicio se refiere a la dificultad para conciliar el sueño, mientras que el insomnio de mantenimiento implica despertarse durante la noche y luchar por volver a dormirse.
Por último, el insomnio tardío incluye despertarse demasiado temprano por la mañana y no poder volver a conciliar el sueño.
Varios factores pueden aumentar el riesgo de padecer insomnio. Un desencadenante habitual es el estrés provocado por un acontecimiento vital importante, como casarse, perder el trabajo o la muerte de un ser querido.
Las enfermedades mentales también pueden influir, especialmente la depresión, la ansiedad y el trastorno de estrés postraumático.
Algunos medicamentos también pueden contribuir al insomnio, como los antidepresivos, los esteroides y los betabloqueantes.
Por último, el insomnio es más frecuente en las mujeres biológicas, y la genética puede influir, ya que suele ser hereditario.
Ahora bien, cuando estos síntomas se producen con regularidad, a pesar de disponer de tiempo y oportunidades suficientes para dormir, y empiezan a causar problemas diurnos importantes como fatiga, problemas para mantenerse despierto durante el día o simplemente malestar general, la afección se denomina insomnio.
El insomnio agudo se refiere a la alteración del sueño que se produce al menos tres noches por semana, dura menos de tres meses y causa trastornos diurnos.
A menudo se desencadena por el estrés, como un próximo examen de patología, y suele resolverse una vez que pasa la situación estresante.
Por otro lado, el insomnio crónico implica una alteración del sueño que se produce tres noches o más a la semana, durante más de 3 meses.
Las personas con insomnio crónico suelen experimentar síntomas diurnos, como fatiga, falta de energía y somnolencia diurna excesiva.
También puede afectar a la función cognitiva, dificultando la concentración. También son frecuentes los trastornos del estado de ánimo.
Muchas personas se sienten más ansiosas, irritables o incluso deprimidas. Todo ello puede repercutir en la vida diaria de una persona, incluido el trabajo, las relaciones y la seguridad, especialmente al volante, ya que las personas luchan por mantenerse alerta en la carretera.
El diagnóstico se basa en los antecedentes, que revelan problemas para conciliar el sueño, permanecer dormido o despertarse demasiado pronto, combinados con problemas diurnos, como fatiga y falta de concentración.
Pero para confirmar el diagnóstico, primero hay que asegurarse de descartar causas secundarias, como el síndrome de piernas inquietas, la apnea obstructiva del sueño, el hipertiroidismo y la manía.
El tratamiento del insomnio empieza por una buena higiene del sueño. Eso significa reducir la cafeína, el alcohol y el tabaco a última hora del día, así como evitar las siestas y saltarse comidas copiosas cerca de la hora de acostarse.
Cuando los cambios en el estilo de vida no son suficientes, los medicamentos pueden ayudar. Entre ellos se encuentran las benzodiacepinas, los hipnótico-sedantes no benzodiacepínicos, los antidepresivos sedantes y los agonistas de la melatonina.
Como breve resumen... El insomnio se produce cuando los centros que promueven la vigilia trabajan horas extras, mientras que los centros del sueño no hacen lo suficiente para calmar las cosas, dejando al cerebro atrapado en un estado de hiperactivación.
Existen diferentes tipos de insomnio en función del momento en que se producen estos problemas. El insomnio de inicio se refiere a la dificultad para conciliar el sueño, el insomnio de mantenimiento implica despertarse durante la noche y tener dificultades para volver a dormirse, mientras que el insomnio tardío incluye despertarse demasiado temprano por la mañana y no poder volver a dormirse.
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